martes, 7 de julio de 2015

La historia de CENIZO, el primer perro comunitario de Venezuela.


La historia de CENIZO el perro fiel de la Plaza Bolívar de Caracas que todo amante de los perros y de la ciudad debe conocer.
A principios del siglo XX se hizo famoso el PERRO “CENIZO” por ser un morador permanente y guardián de la de la Plaza Bolívar de Caracas. A la muerte de Cenizo el inolvidable Lucas Manzano publicó en su revista Biliken una necrología en el cual decía, poco más o menos, que “Cenizo”, ese can que se constituyó en el guardián de la estatua del Libertador, hasta el punto de no permitir que sus congéneres entraran a mojar su pedestal, merecía que se le erigiera una estatua en los jardines de la plaza”…Dos o tres semanas después una larga lista de admiradores del perro ofrecían contribuir al costo del monumento. Pinedo Ángel. Estampas de la Caracas de Principio de siglo. La ciudad vista por un forastero.
"...Y aunque nuestro personaje no tiene dos piernas sino cuatro patas, nos pareció importante relatar esta historia y recordar el nombre del que fuera por nueve años el cuidador oficial de la Plaza Bolívar. Hablamos de “Cenizo”, un perro bonachón, amante de la gente, las fiestas y dormir tumbado en la grama, que se ganó el respeto de los ciudadanos y el recuerdo eterno de su nombre.


Se dice que pertenecía a un extranjero que cada tarde iba a sentarse en la plaza. Cuando éste murió en 1918, Cenizo (cuyo verdadero nombre se cree, era Juan) al encontrarse solo y en la calle se mudó a los pies de nuestro Libertador. La Plaza Bolívar era literalmente su hogar, durante los nueves años que vivió allí, no hubo ningún otro perro que pudiera circular por la plaza, ya que Cenizo tenía muy bien delimitada su zona y atacaba sin compasión a cualquier can que osara aproximarse. No había fiesta, velorio, misa o retreta en la que no se viera a Cenizo. Lo dejaban entrar a la catedral y comer en los restaurantes aledaños, dormía en las escaleras del Cine Rialto y hay quienes aseguran haberlo visto pasear dentro del Panteón Nacional. Hasta un collar de oro le regalaron alguna vez unos intelectuales de la época, pero al poco tiempo algún amante de lo ajeno se lo llevó.
El día que murió Cenizo, su foto fue primera página en casi todos los periódicos de la ciudad, columnas fueron escritas en su nombre y poetas compusieron bellas palabras con la esperanza de que acompañaran al can en su nueva vida. Su cuerpo fue llevado al Aseo Urbano. Sin embargo, ante la gran conmoción que esta noticia ocasionó en la ciudadanía, un grupo de miembros del Club Paraíso le construyeron un ataúd de metal, buscaron sus restos y le dieron reposo en los jardines de este centro. Por suscripción popular se le quiso levantar una estatua, más nunca se realizó.
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Desde su enigmática aparición en 1918, la Plaza Bolívar de Caracas fue el acogedor hogar de este perfecto desconocido, cuya procedencia, después de 83 años, continúa siendo un enigma. Sólo con la popularidad de las más famosas estrellas de Hollywood de su misma especie, podría compararse aquella de la que disfrutó el aristócrata can que se convirtió en el perro predilecto y consentido de la distinguida sociedad caraqueña.

Cenizo fue la mascota de literatos, artistas y demás personajes de la élite culta y de alcurnia de la ciudad. Aquiles Nazoa en su libro Caracas, física y espiritual, cuenta que el canino en cuestión estuvo presente, e incluso fue uno de los primeros en llegar, tanto a la fiesta de inauguración del Almacén Americano (1925), como a la presentación del primer ejemplar de Fantoches. Por si fuera poco, versos de Job Pim y dibujos de “Leo” se inspiraron en él y hasta un collar de oro le obsequiaron en un homenaje que propuso Manuel Díaz Rodríguez. El 29 de agosto de 1927, un tropel de gente colmó la plaza donde solían visitar a su protegido, para custodiar la desgarradora muerte de aquel aristócrata. Los despiadados trabajadores del Aseo Urbano, arrojaron sin misericordia el cadáver del perro más querido por la excentricidad caraqueña en los terrenos de Los Chaguaramos donde, para entonces, se encontraba el horno crematorio. Conocido el atropello de que había sido víctima el pobre Cenizo, se unió la ciudadanía para constituir una junta que resolviera el vergonzoso hecho para rescatar los restos y darles sepultura “el 2 de septiembre, a las tres de la tarde, en medio de un torrencial aguacero”, tal como relata Aquiles Nazoa.
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" Un excepcional personaje de la plaza era de raza canina. No tenía pizca de pedigrí, pero sí demostraba una evidente inteligencia y malicia perruna, en su condición de cacri, es decir, de puro criollo-caraqueño. El nombre le venía, precisamente al pelo, por su callejera pelambre. El cotidiano trabajo de Cenizo consistía en no dejar entrar a la plaza, perros de alcurnia ni plebeyos. Y mucho menos acercarse al monumento. Y repartía feroces mordizcos a los que, a cuenta de guapos, de tamaño, o estar acompañados, osaran regar los árboles.

Por su sociabilidad con los humanos _y con alguna que otra perrita_, se alimentaba bien con lo que le obsequiaban los clientes de la Cervecería Donzella. Entre ellos, José Benigno Hernández, médico y hermano, del santo varón José Gregorio.
Cenizo era curruña _es decir, gran amigo_ de limpiabotas, billeteros, poetas y escritores de las cuatro esquinas de la plaza, y fue tema de reportajes y poemas. En 1924 Leo le dedicó una portada de Fantoches con el fondo de la plaza y el monumento que tenazmente defendía.
Muchas son las anécdotas y curiosidades del sin par Cenizo, amigo de Palomo, el caballo del Libertador; de ese Cenizo más vivo que el carrizo, como en perfecto caraqueño se dice, y requetesocarrón, que de milagro no pedía su lisa al catire Donzella en la cervecería, donde le guardaban también sus retallones.
En 1970 en un botiquín _ahora se dice tasca_ llamado Los Leones de Anauco, ante sendos botellones de a bolívar y de pura cebada y lúpulos el caraqueñísimo Aníbal Nazoa me decía que 'cuando algún curioso escritor resuelva hacer la biografía pintoresca de Caracas, tendrá que comenzar con la plaza Bolívar, con el Avila, con su Galipán florido y sus burritos cargados de claveles' y aseguraba que entre sus capítulos no podría faltar el dedicado a Cenizo, 'especie de un ángel tutelar de la generación del veinte y trasnochado huésped de la plaza Bolívar a la vera de cuyos rosales amaneció plácidamente muerto un día de diciembre'.
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"... Cenizo, el célebre guardián de la Plaza Bolívar. Este era un can que no permitía gente sucia, ni con paquetes, dentro de la Plaza Mayor. Perseguía también a otros perros que se aventuraran por los predios del Libertador. A las doce del día, y esto era famoso en Caracas, Cenizo se acercaba a la estatua y permanecía como dos minutos, con la cabeza en alto, mirando al héroe. Después se retiraba con el rabo entre las piernas"
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Murió El perro Cenizo

Cenizo es un recordado perro que pasó porte de su vida en lo plaza Bolívar; sin permitir a presencia de otros perros. En una oportunidad Aquiles Nazoa escribió que Cenizo fue el primer perro venezolano con figuración internacional, porque la autora española María Álvarez de Burgos, escribió ”A las tres de a mañana en la plaza Bolívar, frente a la estatua del Libertador, no hay más de dos personas: Cenizo y yo”.
En agosto de 1927 Cenizo comenzó a agonizar en el jardín de la plaza Bolívar y las personas que transitaban por el lugar se dolían de verlo sufrir y se detenían a tratar de ayudarlo.
Murió el 29 del mismo mes anunciaron la noticia de agonía y muerte del querido perro, acompañada por una foto de Cenizo. A su entierro asistieron personajes como Jorge Olavarría, Manrique Pacas, 
Lucas Manzano, Edgar Asola, Anzola Clotilde de Arvelo, Calcaño, Andrés Eloy Blanco, José Sabal hijo, entre otros.

Pocos días después de su fallecimiento un grupo de socios del club Inhuman del Paraíso hicieron un acta el 2 de septiembre en la que hacían constar que a las tres de la tarde se depositaron los restos de Cenizo en una caja de metal soldada por Carlos Avendaño, la cual se enterró en una de las esquinas de la plaza Bolívar."

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